Aldea de Penitentes : El blog de Pepa Kostianovsky

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NOTA DE UN ESCRITOR A UNA PERIODISTA

Enlace permanente 25 de Abril, 2007, 23:02

Nota de un viejo proyecto de escritor a una señora periodista.

 Nota para la revista "Almiar" de Alejandro Maciel a la autora de "Aldea de penitentes" la última novela publicada por Pepa Kostianovsky para sorpresa de muchos y muchas que creían que en literatura paraguaya estaba todo dicho. Resulta irónico que sea un (concedamos, seamos amables o disimulemos) escritor quien entreviste a una periodista. En la próxima damos vuelta: una escritora (Pepa) me entrevistará como periodista (también ejercí el periodismo radial) y así quedamos a mano. Por favor lean esta nota, no le llevará más de dos minutos y sabrán casi todo de lo que nada sabían: el misterio del Paraguay de la dictadura más larga de Latinoamérica. No es poco. Y cuesta poco leer.

________________________________

 -¿Aldea... es una novela sobre Stroessner, sobre el stronismo, sobre
 la dictadura, sobre las víctimas, sobre todos ellos, sobre ninguno?
¿Cómo la definiría?

Es una novela sobre gente que vive, muere, fagocita;  sobre gente que opta ,
unos por su vida , otros su dignidad  en el caldero de miserias que impone
cualquier dictadura. Y es tambien una novela que intenta rescatar algún
rédito de toda esa tragedia  con la herramienta del humor.


-Usted viene del periodismo, tiene una amplia y reconocida
trayectoria en periodismo gráfico, radial y televisivo en Paraguay y otros países. ¿Cree que eso condiciona un estilo de escritura, máságil, menos retórico?

No sé si es más ágil, pero es indudablemente más directo, más condicionado
por el vicio de la síntesis y de la sustancia. Si bien la literatura nos
exige dejar alguna tarea para el lector, el periodismo nos exige un hecho,
un dato, o un misterio en cada párrafo.


¿Cómo vivió usted la dictadura, es decir, sufrió algún tipo de
presión durante los treinta y tantos años de stronato?

La dictadura en sí es un medio represivo, el riesgo es constante. No hay
que olvidar que la dictadura no empieza con Stroessner, yo nací en el exilio
en Bs As. Luego fuí al exilio en 1976. Y finalmente me tocó lo que llamamos
"exilio interno" cuando nos cerraron los medios durante cinco años, desde el
84 hasta la caída de Stroessner en el 89, y pasamos a una suerte de "lista
negra".
¿Conoció a Stroessner personalmente?

No. Tuve la suerte de no tener que saludarlo jamás.
¿Qué hizo "La Resistencia" ciudadana durante la dictadura?
Hubo intentos de guerrilla, hubo muchas víctimas, muchos héroes, y mucho
dolor. Pero tambien hubo demasiados cortesanos complacientes, en todos los
ámbitos.

¿Qué obras sobre dictadores le han parecido buenos modelos?

Al ser paraguaya, lógicamente  Yo, el Supremo, tiene el primer lugar en la
lista. Sólo en América Latina hay una docena de obras maestras: García
Márquez, Vargas LLosa, Benedetti, Tomas Eloy Martínez, Jorge Amado,
Roncagliolo ...
¿Cree que hoy es posible en Paraguay un retorno al pasado?
 
La historia demuestra científicamente que todos los retornos son posibles.
Si en la Europa Central de Marx, Einstein, Freud, la Bauhaus, pudo incubarse
el huevo de la serpiente, qué garantías de inmunidad nos quedan?


 Estas historias sobre estupros se repiten en la vida de Strossner,
¿hay datos reales sobre eso? ¿O es una metáfora de la corruptela?

Hay muchos testimonios reales. No es una metáfora, en un síntoma .


La llamada "Trancisión democrática", ¿tuvo algún control civil? ¿No
eran los mismos funcionarios y dirigentes travestidos de demócratas
quienes prosiguieron?

La dirigencia y el funcionariado sigue siendo una comparsa de corruptos
travestidos. Pero hoy no hay " un intocable" y las competencias entre ellos
mismos por los festines, o los mendrugos, los hacen denunciarse los unos a
los otros. Aunque la impunidad judicial mantenga un nivel de vigencia, se va
diluyendo "la conspiración del silencio".

 ¿Cómo cree que sigue hoy la historia de Berta Correa, su
entrañable personaje? ¿Cómo viviría hoy?

Sería una anciana borrachina , que se daría el gusto de "sentarse a fumar
su cigarro, y fastidiar a sus hijas".
¿Cómo ve hoy al Paraguay Pepa Correa Kostianovsky? ¿Qué profecía
tiene del mañana?
  Estoy considerando la necesidad de aprender a fumar.

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SOBRE LA AUTORA DE ALDEA DE PENITENTES

Enlace permanente 25 de Abril, 2007, 20:26

Sobre la autora:  Josefina Kostianovsky ( Pepa K.)

Formación Académica: Abogada, Universidad Nacional de Asunción - 1969.

Ejercicio del Periodismo Escrito: desde 1974, en los diarios Última Hora, luego ABC Color, Hoy, y vuelta a ABC en el 89 .

En Buenos Aires: 1976- 77 - Revista La Semana (Hoy Noticias)

Corresponsalías: Diario ABC de Madrid 1987 - 89

                               Página 12 - Bs AS   1987. 89

Actualmente: corresponsal del Periódico Perfil  ( BsAs)

Desde 1989 ejerce el periodismo radial en Radio Ñanduti. Y a partir de 1991 hasta el 2005 conduce programas  de entrevistas y comentarios políticos en los Canales 9, 4 y 13 sucesivamente.

Títulos publicados:

28 entrevistas para este tiempo  1985

Otras entrevistas para este tiempo  1987

Queridas monstruos (cuentos)  2004

Casi se casan (cuentos para niños) 2004

20 poemas de humor y una canción disparatada:

 poesía para niños, en coautoría con Alejandro Maciel (2005)

Desde el otoño  (novela) 2005

Aldea de Penitentes (novela) 2006

Azulia y otros pecados (selección de cuentos) 2006

Otras publicaciones  en diversas coautorías:

Revista Palabras Escritas, Pecados Capitales.

Es autora de dos obras de teatro: "Queridas monstruos" (monólogos) y "Que nos queremos tanto".

La novela Aldea de penitentes, ha sido publicada este año en Barcelona España, por la editorial Ínsula de los libros.

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ALDEA DE PENITENTES

Enlace permanente 24 de Abril, 2007, 0:45

   

                           

                                       ALDEA DE PENITENTES  

                                  (novela)

                                         pepa kostianovsky (PARAGUAY)



                                                  I

    Lívido y fastidiado, el General Hugo Elizardo Cuenca, maldecía en silencio la insurgencia de su flamante viuda. De riguroso luto e indiferente a cuanto insulto la acechaba, la mujer no daba treguas al manantial de lágrimas que recogía en pañuelitos de papel provistos  por una criada, quien sostenía una bandeja de plata con sucesivas cajas de kleenex y una primorosa canastilla en la que  la  matrona los iba depositando.

     Si María Clotilde  Bogado de Cuenca hubiese podido escuchar al   cadáver que escoltaba, se habría escandalizado:

 - ¡Madre de Dios, Elizardo! ¿Cómo podés tener esos pensamientos, justamente a la hora de  presentarte ante el Altísimo? Ya es bastante desgracia que no hayas podido confesarte, ni  recibir la extremaunción. ¡Que la Virgen y el propio San Alberto, que siempre ha sido el que indujo la conducta y el recato en este hogar, sepan perdonar tus  pecados!

    Pero, por nada cambiaría las órdenes dispuestas a partir de esa madrugada en que la despertó el grito sollozante de Rosalía, cocinera y recurrente comadre, anunciándole que el general estaba muerto, sentado en la reposera de mimbre del corredor.

      Confusa y somnolienta, Clota  sólo atinaba a tocar el  vacío de la cama, en el que ya ni quedaba el calor del cuerpo, para luego levantarse y al  salir a la galería, encontrar a su  Elizardo despatarrado en el sillón.

     Por un instante, alimentó la ilusión de que se tratara de una de las tantas veces que lo sorprendía allí mismo,  dormido  y acompasando con sus  ronquidos el canto de los pájaros que habitaban los magníficos chivatos del patio. Pero  la quietud y la temperatura  eran irrebatibles: el general llevaba al menos una hora de muerto.

    -Ya le llamé al doctor Recalde, está viniendo- informó Gervasio, el chofer, descalzo y vistiendo sólo unos pantalones que alcanzó a ponerse al oir  los lamentos de los otros sirvientes y criadas.

-         Vamos a llevarlo a la cama - ordenó Clota

-         No hay que moverle, Señora – sugirió  Gervasio.

   La patrona  fue terminante:

     -    Llévenle a la cama, antes de que se quede tan duro que ni se le pueda   poner en el cajón.

         En ese momento, Elizardo asumió que su poder estaba perdido para siempre. Mil  veces había dicho que quería morir sentado en ese sillón, rodeado de la arboleda y arrullado por los trinos. Y ser velado allí mismo, sin permitir más acceso que el de los íntimos al corredor fúnebre.

    El general sufría de cierta claustrofobia, desde los primeros años de milicia y las noches pasadas en el calabozo disciplinario. Lo aterraba la idea de sentirse encerrado en un féretro. Ni qué decir bajo tierra. Hasta   hubiera preferido que lo cremaran. Pero sabía que  Clota no admitiría semejante pecado. Había logrado la promesa de que lo mantendría  en la reposera del corredor hasta último momento y - mediante un generoso par de cheques lograr que el ataúd fuera depositado en la bóveda  sin lacrarlo a fuego.

        Clota no tuvo reparos en olvidar los compromisos póstumos. Se apresuró a cambiarle el viejo pijamas de algodón por uno de poliester, “simil  Versace”, traído especialmente para la noche de sus bodas de oro y él rechazó por considerarlo “una mariconada”, a pesar de que ella lució  camisón, robe y  pantuflas en juego.

         La  llegada del médico no le dio tiempo a completar su atuendo, sólo alcanzó a ponerse la bata. El Doctor Recalde advirtió el fino detalle, pero consideró que no era momento adecuado para  elogiar  la elegancia  de la pareja.

         Elizardo estaba tan obviamente muerto, que no parecía necesaria una  inspección  rigurosa.  Quizás, de otro modo, hubiera advertido que ese cadáver se había movido más de una vez.

          La verdad - de la que nadie se enteraría- era que había muerto en su cama. Cuando se apercibió de ello, por algunos síntomas inequívocos como el sentirse despierto y sin deseos de orinar, eran  las cuatro de la mañana. Los ronquidos de Clota daban certeza de su pesado sueño. Pensó que al abrir las puertas que daban al corredor llamaría la atención del guardia que cabeceaba con la mano sobre la pistola. Pero recordó que los fantasmas podían atravesar las paredes. Probó primero con un dedo, desilusionado constató que los cuerpos no gozaban de la levedad de los espíritus. Por lo que abrir, como un vivo cualquiera. El guardia no se movió. Y él apuró el paso hasta el sillón. Satisfecho de haber torcido el destino a su gusto, permaneció plácido  hasta que las criadas madrugadoras alertaron a Clota  quien no dudó en  anular su glorioso esfuerzo.

    Ni la pena, ni la preocupación por detalles y ritos impidieron que la viuda se tomara unos minutos para insultar al guardia y  acusarlo de que su negligencia había sido la causa de aquella tragedia. Pero, luego, prefirió la versión de que el mismísimo San Alberto había premiado su devoción invitándolo a salir al corredor en plena noche, para morir como era su deseo.

     Ordenó un ataúd de roble y diez manijas de plata. A la hora de vestir el cadáver titubeó entre el uniforme de gala y el frac que había usado en las bodas de sus hijos. Ambos le quedaban grandes, con un zurcido en la espalda los podría ajustar la senil magritud del finado. Optó  por la tenida militar, en la que prendió un puñado de  condecoraciones - ninguna  obtenida en el campo de batalla- pero no por eso menos vistosas. Los empleados de la funeraria, sin el menor respeto, colocaron una en el trasero del pantalón, por si poco humillante fueran el maquillaje y la tintura en el bigote dispuestos por Clota.

       - Miralo un poco, tan lindo, parece que estuviera durmiendo- repetía, como si fuera normal echarse una siesta con semejante atuendo y  en tan absurda postura.

        El fastidio del difunto subía de tono, por la ignominia que le era impuesta, bajo ese mismo techo donde, muñido de las circunstancias y en especial del incuestionable catecismo de San Alberto, había impuesto su autoridad a lo largo de media vida.

       

                                                      II

         Elizardo Cuenca  había venido de Encarnación a los 16 años, para cumplir con el Servicio Militar. Era un chico “letrado” y de buen porte. La milicia lo entusiasmaba. Y su madre, que nunca le había revelado la identidad paterna, le solía decir “Ndé nico gringo ra´y. Tenés que ser obediente para aprovechar tu estudio para ayudarme a criarle a tus  hermanos”.

         Así predispuesto, le fue fácil ganar la simpatía de cabos y sargentos, cuyas botas mantenía brillantes y cuyos calzoncillos lavaba con especial cuidado.

         Faltaba poco para terminar el Servicio la tardecita en que lo hizo llamar uno de los oficiales, el Teniente Stroessner.

-         Descanse nomás Cuenca –  hizo una pausa para seguir, parco y cansino – Le hice llamar para saber sí  no quiere seguir en la milicia.

-         Positivo, mi Teniente. Ese también es el deseo de mi madrecita, pero nosotros somos gente  humilde, por eso no me pudo mandar ya cuando terminé mi primaria para entrar en el Acosta Ñu.

-         Yyyy, bueno entonces. Prepárese y avísele  a su madre. Voy a recomendarle especialmente.

-         Gracias, mi Teniente.  Mi mamá le va a mandar sus bendiciones.

-         Serán bien recibidas.   Puede retirarse.

Ese escueto procedimiento definió la carrera y la vida de Elizardo Cuenca quien fagocitó por decenios a la  sombra de Alfredo Stroessner, al que guardó lealtad absoluta y pródigamente recompensada.

         Era ya Teniente de Artillería, cuando en la boda de un colega conoció a la elegante Cloti Bogado, señorita educada por las monjas teresianas, de familia otrora muy acomodada, pero liberal.

         Elizardo  se acercó a pedir permiso para bailar con ella. Como Cloti aun no había debutado, se conformó con sentarse a su lado y conversar. Las limitaciones de su charla -propias de un milico- fueron sobradamente salvadas por la vivacidad de la joven, que se extendió en  gracias y sonrisas, prudentemente controladas por su madre.

      Al despedirse, Elizardo  estaba perdidamente enamorado.

      De uno y otro modo se las arregló para encontrarla a la salida del colegio y en las misas. El romance, aunque no oficializado, iba viento en popa.

          Stroessner  lo hizo llamar.

-         Mire Cuenca, usted anda rondando a la hija de un liberal. Tenga cuidado.

-         Sí, mi Teniente.

-         Pueden pasar dos cosas. Una es que le hagan un desplante, porque ella es del chuchaje y usted es un campesino y es hijo natural.

-         Permiso, mi Teniente. ¿Tengo que retirarme?

-         Espere pues, mi hijo, no sea atolondrado. Le dije que pueden pasar dos cosas.

-         Perdone, mi Teniente.

 -  Los liberales están de capa caída, son  venidos a menos.  Y si hasta ahora no le prohibieron que hable con usted por algo ha de ser. Lo más probable es que piensen que casándola con un militar, bien visto por la superioridad, puedan levantar cabeza. Tienen encima la desgracia de cuatro hijas mujeres para colocar. Menos mal que son lindas.

-         Entonces, mi Teniente, ¿tengo su venia?

-         Le dije que no sea atolondrado. No va pues a correr el riesgo de que le salga el tiro por la culata. Un militar tiene que saber ser precavido, en todo.

-         Sí, mi Teniente – respondió desconcertado : ¿cómo  saber si sí o no?

-         Usted quiere saber cómo  va a saber-

-         Positivo, mi Teniente.

-         He. El amor es como la guerra. No se actúa sin consultar.  ¡Gonzáleeez¡ -  llamó a su chofer y le ordenó- Llévele  al teniente junto a  Ña Berta Correa. Ella le va a decir lo que tiene que hacer.

Elizardo salió del despacho  y subió al jeep que conducía Gonzalez. Esperó unos minutos y se atrevió a investigar

-         ¿Máa pico la Berta Correa?

-         ¡Es posible! Ña Berta nico e la prebera má única que hay en el mundo. No te falla. No se sabe luego ni cuanto año tiene, pero te mira nomá en tu ojo y ya sabe todo. Y si te echa la baraja, ahí siqué te va a ver hasta tu tatarabuela.

      Al llegar a la casa, una  mujer joven  los recibió, como si los estuviera esperando.

-         Pase nomás.

-         Con permiso ¿Se le puede ver a  Doña Berta Correa?

-         Me está viendo. Tome asiento.

    Se sorprendió, esperaba encontrarse con una anciana y en un escenario de mayor opulencia. Por lo que le había contado González, no sólo el Presidente de la República requería sus consejos, hasta Perón la había hecho llamar dos o tres veces.

   El caso de Cuenca  era simple para Berta. Le vaticinó  éxito  en su inquietud amorosa, una enorme fortuna, hijos, viajes, una larga vida con  sinsabores en los últimos años y una muerte plácida pero ultrajada. Esto no preocupó Elizardo, para quien la anuencia  romántica, sumada a las riquezas prometidas, rebasaba ampliamente sus ambiciones.

          

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